UNA DURA CARRERA. Adelanto editorial*

INTRODUCCIÓN. Y AL NOVENO DÍA…

Hace algunas semanas, tras una visita a la editorial en Londres, comencé a elaborar un gran número de planes excitantes de cara al renacimiento de Una Dura Carrera. La nueva iba a ser una edición completamente renovada. El capítulo que abriría el libro parecería sacado directamente de la escuela de escritores de suspense de Raymond Chandler (“Cuando tenga alguna duda haga que un hombre armado con una pistola atraviese el umbral de la puerta”), y no comenzaría en el año 1962 con un bebé y una bondadosa enfermera del Hospital de Rotunda en Dublín, sino veintidós años después, cuando ese chico llegara a París en busca de fortuna y gloria. Incluso ya tenía lista la primera frase para el libro: “Un hombre con las manos tan grandes como palas, con el cabello poblado de incipientes canas y la cara bronceada y cincelada por las inclemencias del tiempo, espera en el aeropuerto”. Vale, iba a necesitar un par de capítulos para poder sacar a relucir alguna pistola, pero ya entienden el contexto. Y habría más cambios. Una Dura Carrera era un libro con demasiada verdad y muy poco romanticismo, y esta vez pensaba compensar el agravio que presentaba ese desequilibrio. Mimaría cada capítulo con esa prosa que hace que uno acabe ganando premios literarios. Secaría el sudor, limaría las afiladas aristas. Una Dura Carrera II sería un libro profundo e importante.

Unos pocos días después saqué mi portátil, y mientras chapuceaba con el texto, mi viejo amigo Peter Purfield me mandó un fax con un mensaje que había recibido por internet aquella tarde. Decía así:

Asunto: ¡¡¡¿¿Dónde está Paul??!!!
Fecha: Domingo 7 de diciembre de 1997 17:15:45
Compañía: AOL (http://www.aol.com)
Para: purfield@indigo.ie
Señor Purfield.
Estoy recabando información acerca de Paul Kimmage. ¿Dónde está y por qué no hay mención alguna de este caballero por ningún lado? Hace tiempo compré un ejemplar de su libro Una Dura Carrera (espero que esto no sea tabú), y la he perdido. Dado que soy un ciclista de competición de los Estados Unidos y me encuentro actualmente siguiendo una terapia para abandonar las drogas, su libro ha estado rondando constantemente mi cabeza. Cuando lo leí no pude comprender el impacto que tendría en mí años después. Creo que sólo tengo una pregunta, a lo sumo dos: ¿Dónde está el maldito libro? ¿Cómo puedo hacerme con otro ejemplar? La mayoría de los libreros ni tan siquiera lo conocen. ¿Dónde está Paul y cómo podría encontrarlo? Agradecería cualquier tipo de respuesta que usted pudiera proporcionarme.

Sacudido por la coincidencia, y agradecido por el interés, pensé que a lo mejor el original no estaba tan mal y puse mi plan en cuarentena hasta haberlo releído otra vez. Digo releído, pero cuando me senté la semana pasada con el libro, fue la primera vez que lo hacía; en realidad no había leído aquel ladrillo del tirón con anterioridad. Han pasado ocho años desde que vio la luz por vez primera, ocho años en los que de vez en cuando he agarrado el libro para echar una ojeada a las fotografías antes de volver a cerrarlo rápidamente. Si pudiera volver atrás, me aseguraría de que incluyera más fotos. Me encanta la del Tour de Francia de 1987, en la que estoy saliendo de Orleans junto a mi ídolo de juventud, Stephen Roche, todo bronceado y molón con mis gafas de sol. Me gusta esa otra del Tour de Gran Bretaña de 1983 en la que me estoy acercando a Halifax y al liderato de la carrera, con un Sean Yates que parecía a punto de reventar mientras trataba de seguir mi ritmo. Y podría detenerme cada día del resto de mi vida en esa foto de los Campeonatos del Mundo en la que mi cara está cubierta de suciedad. Me gusta escudriñar las fotografías porque son, básicamente, una fachada. No se crean esa estupidez de que las imágenes valen más que mil palabras. Podría pasarme todo el día mirando esas fotografías, porque en ellas no está el dolor, la angustia.

Stephen Roche con Paul Kimmage y Martin Earley en el Tour de Francia 1987

Mi historia da comienzo con mi padre, Christy. Papá era un campeón del ciclismo, y desde la primera vez en que lo vi competir yo también quise ser un campeón. Cuando ya tenía diez años me regaló una bicicleta de carreras, y plantó en mi corazón un amor por el ciclismo que florecería durante mi adolescencia. El ciclismo dominó mi juventud. Mientras mis amigos descubrían los placeres de la música, el baile y las chicas, yo flipaba con la emoción que me producía competir sobre una bicicleta. Nada podía igualarlo, sobre todo cuando era algo que se te daba bien. Y los genes que había heredado de mi padre aseguraban que yo lo haría bien. Con diecinueve años me convertí en Campeón Nacional de Irlanda. Para cuando tuve veintitrés fui el sexto mejor amateur del mundo. A los veinticuatro me convertí en ciclista profesional. Fue el día más feliz de mi vida, la consecución del sueño de mi niñez. En menos de seis meses el sueño comenzó a evaporarse.

Fue durante mi primer Tour de Francia, en julio de 1986, cuando me tuve que enfrentar al dilema que marcaría mi vida profesional. Pese a que ya había sido testigo del uso de sustancias dopantes en varias ocasiones tras convertirme en profesional,había tratado de apartar de mi mente la idea de que podías romper las reglas de este deporte y salirte con la tuya. Durante seis meses me convencí de que podría alcanzar la cima sin tener que recurrir a las jeringuillas. Pero todo cambió durante aquel primer Tour de Francia. Durante ocho días la carrera había ido tal y como la había imaginado en mis sueños infantiles. Era el corredor mejor situado en la general de todo el equipo y estaba haciéndolo mejor que en ninguna otra etapa de mi carrera. Pero entonces llegó el noveno día, y estaba reventado. Mis baterías estaban totalmente vacías. Dado que todavía quedaban catorce etapas más para terminar, tenía que tomar una decisión. Una gran decisión. La mayor de toda mi vida. ¿Quería volver a cargarlas?

Fue un momento cruel, uno que tantos otros deportistas han tenido que afrontar en tantos deportes. El momento de la verdad. ¿En qué andaba pensando Christy aquel día en que me invitó a subirme a la bici? Nunca mencionó que fuera a ser así. ¿Dónde estaba mi red de seguridad? ¡No quería tener que recurrir a las drogas! ¡No quería saltarme las reglas! ¿Pero dónde estaba mi red de seguridad? ¿Dónde estaban los periodistas de investigación que sacaran ese escándalo a la luz? ¿Qué controles se llevaban a cabo para asegurar que el delito se acabara pagando? El noveno día del Tour, el deporte me traicionó. No estaba preparado para recurrir a nada para continuar mi carrera en el deporte. ¿Por qué? No lo sé. Quedaría muy bonito decir que era cuestión de principios, pero eso sería algo poco sincero. Puede que tuviera miedo. Puede que cuando llegó el momento crucial no tuviera los cojones suficientes para dar el último paso. Como no estaba bendecido con ningún talento natural, lo mío siempre iba a ser una lucha por mantenerme a flote o hundirme. En aquel noveno día del Tour me olvidé de mis ambiciones y comencé a hundirme.

Los siguientes cuatro años de mi vida profesional en el pelotón fueron una mera cuestión de supervivencia. Hubo algunos momentos buenos y otros malos. Y sin lugar a dudas fue durante uno de estos últimos cuando me vino a la mente la idea de escribir un libro. Aquel libro sería mi historia. Nada de cotilleos, nada de delatar a mis amigos. La Unión Ciclista Internacional, el órgano que gestiona el deporte, sería mi objetivo. Dejaría al descubierto de qué manera alimentaba el cáncer, provocando así el chispazo para que diera inicio al comienzo del cambio.

Una Dura Carrera fue publicado en Mayo de 1990, y aunque había previsto cierta controversia, pensaba que cuando la gente lo leyera por completo se mostrarían de acuerdo en que era un libro justo y esencialmente bueno. El primer aviso de que se estaba preparando una fatwah, de que me iba a convertir en el Salman Rushdie del mundo del ciclismo, vino una semana antes de que el libro fuera publicado, cuando Peter Crinnion, quien tiempo atrás había corrido con mi papá, me telefoneó. Crinnion, manager de Stephen Roche por aquel entonces, me dijo que estaba al tanto de ciertos rumores que había escuchado, y quería escuchar de mi boca que no eran ciertos. Bien, sería un eufemismo decir que me sentí moderadamente molesto porque él ya se hubiera formado una idea. Le dije que se preparase para lo peor. Pero fue mi aparición unos días después en The Late Late Show lo que hizo arder Troya de verdad.

PAUL KIMMAGE, enero de 1998

*UNA DURA CARRERA (Rough Ride). A LA VENTA 25 DE MAYO 2016. MÁS INFORMACIÓN

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