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Presentaciones de ‘Pedaleando en el infierno’ a la vista

La semana pasada empezó a distribuirse la novela Pedaleando en el infierno. Se trata de una obra de ficción, una línea que abrimos el año pasado con la publicación de Ventoux, aunque en su trama se entremezclen personajes de ficción con personas, hechos y situaciones del pasado que probablemente no estuvieran muy alejados de la realidad. No se trata de la primera novela de Jorge Quintana, aunque sí se trata de la primera que toca directamente una temática que podríamos calificar de «ciclista». Aunque en absoluto es un libro deportivo al uso. El profundo conocimiento que tiene Quintana del ciclismo profesional hace que algunos detalles, descripciones y situaciones por las que discurre la vida de Lucas Castro, el ciclista protagonista del libro, adquieran una credibilidad que asusta para ser una obra de ficción.

Para hablarnos de ese libro y acercarnos su obra a todos los lectores,  hemos organizado dos presentaciones para la próxima semana. El martes 2 de julio estaremos en Valencia, por primera vez, una tierra en la que hasta ahora no habíamos presentado ningún libro. Será en la librería Patagonia a las 20:00 de la tarde.


Y al día siguiente iremos a Barcelona, al local de nuestros amigos de Volata, donde ya estuvimos hace poco también con Marcos Pereda. Será el 3 de julio a las 19:30 y confiamos en que el público que se acerque acuda lleno de preguntas que nos den nuevas claves para entender el proceso de creación de Jorge Quintana.

 

Próximamente a la venta: PEDALEANDO EN EL INFIERNO (adelanto editorial)

No queda nada para que publiquemos uno de los libros más diferentes, y a su vez, más ambiciosos que hayamos publicado nunca. Se trata de una novela escrita con mucha pasión y todo lujo de detalles por el periodista Jorge Quintana. Más de 500 páginas para narrar una apasionante historia de amor. Amor entre personas y amor por el ciclismo. Un libro de ficción cuya trama se centra en la vida de un joven que aspira a convertirse en ciclista profesional y consigue su sueño. Aparentemente.

Narra en primera persona las ilusiones, esfuerzos, altibajos y contradicciones a los que se enfrenta un joven que aspira a ser un profesional del ciclismo. Personajes de ficción y personas y hechos reales se entremezclan en una narración que envuelve al lector por su verosimilitud. Pero a pesar de su carácter intimista y reflexivo, se trata de un crudo retrato de la España de comienzos de los 2000. El boom inmobiliario, la corrupción y la política se mezclan con el deporte. La pérdida de la inocencia de un joven en una sociedad en la que nada es como parece y en la que las dobles vidas, las trampas y los engaños pueden moldear la personalidad de cualquiera.

Su autor, Jorge Quintana, es un periodista que se dio a conocer en el ciclismo dirigiendo el mítico semanario Meta 2 Mil . Desde entonces, ha seguido muy vinculado al mundo del ciclismo y ha publicado anteriormente dos novelas: Cuervos y Palomas y La mujer sin nombre.  También ha contribuido con sus textos a los volúmenes 1 y 2 de la colección El Afilador. Podéis seguirlo también en su blog http://jorgequintanaorti.com.

La preventa ya está abierta. Si lo pedís ahora os lo enviamos sin gastos de envío a su publicación: PREVENTA AQUÍ.

Y para abrir boca, a continuación os dejamos un extracto de la novela:


«La primera reunión con Adolfo Niño despejó mis dudas de lo que iba a vivir durante los años siguientes e incluso de la esencia del ciclismo profesional de aquellos primeros años del siglo XXI. […]

El médico colombiano presentó un programa de competiciones, con carreras desde febrero hasta junio, cuando el equipo haría un parón para analizar qué corredores iban a ir a la Vuelta a España y qué corredores buscarían un plan alternativo. La Vuelta, como es lógico, era nuestro objetivo, pero lo normal es que alguien de 22 años y en su primera temporada como profesional no estuviera entre los elegidos, así que debía asumir que mis carreras iban a ser otras y, sobre todo, comenzar lo más fuerte posible para ganar confianza. Toda esa explicación sonaba a música celestial. Pero en el fondo sabía que había una parte importante de la charla que se estaba quedando atrás. De repente, Adolfo miró el reloj y me dijo.

-¿Y de medicina qué me cuenta? Bernat me ha dicho que usted siempre ha sido transparente y que, por tanto, tiene mucho margen. En principio, la idea es que este primer año se adapte a la distancia y al ritmo, así que no nos vamos a volver locos. Pero me gustaría que se tomase esto durante un mes. Es una pastilla por la mañana y una por la noche –dijo mientras abría el cajón de su mesa y sacaba una bolsa de plástico de un supermercado.

-¿Qué es? –pregunté.

-Eso no se pregunta, hermano. Es secreto profesional. Usted nunca debería preguntarle a una vieja por su edad ni a un médico por su medicina.

-Lo siento, pero me gusta saber lo que tomo. Creo que, si vamos a tener una relación de confianza, es justo que uno informe al otro de cada paso que vamos a dar –dije mirando al médico a los ojos.

-Es una fórmula magistral que inventé hace muchos años y que le dará mucha fuerza, mijo. Confíe en mí. Está en buenas manos, pero no me pida más detalles. La hemos probado durante mucho tiempo y siempre ha ido muy bien. Con usted también funcionará –dijo mientras lucía la mejor de sus sonrisas.

Cogí la bolsa y me marché del despacho sin hacer más preguntas. Subí a mi habitación y la abrí mientras las manos me temblaban por los nervios. Dentro había 60 pastillas, sin ningún tipo de envoltorio ni prospecto, por supuesto. Solo llevaban impresa una letra: F. Nada más. Aquello no tenía muy buena pinta. Parecían algún tipo de hormona para ganar masa muscular. En ese momento, resoplé con fuerza y tomé una decisión. Me vestí de ciclista, puse la bolsa en el bolsillo trasero de mi maillot y salí a rodar en dirección al sur y por la carretera más llana de la provincia. Fueron poco más de 50 kilómetros hechos a velocidad de paseo. No tenía ninguna prisa en llegar a mi destino. No sabía bien por qué iba había allí, pero era algo que se me había metido en la cabeza desde el mismo momento en que me dieron la bolsa. Llegué a Almenara y a su espacio natural, conocido como Els Estanys. Abrí la bolsa y dejé caer todo su contenido en uno de los preciosos lagos. Las pastillas, una a una, fueron desapareciendo ante mi atenta mirada y camino del fondo del lago. La decisión estaba tomada: no iba a tener ningún producto dopante, pero es posible que los peces de Almenara salieran volando del agua en ese invierno de 2003.

El entrenamiento siguió a ritmo de tortuga. No tenía prisa. Sabía que todos los corredores habían pasado por la habitación de Niño e intuía que ninguno habría tirado la bolsa a un lago. Por no pensar en los que estarían con tratamientos más agresivos, puesto que, una vez más, había visto a varios compañeros de equipo subiendo a sus habitaciones cargados de termos y no repletos de café, precisamente.

El doctor me lo había dejado claro: Agustí y él estaban de acuerdo en que los jóvenes tuvieran un año tranquilo, lo que significaba que el resto de ciclistas no lo iban a tener y, sobre todo, que mi futuro pasaba irremediablemente por entrar en ese círculo de uso constante de sustancias dopantes en el que ya estaba instalado el resto del equipo. En esos momentos me acordé de mi primera charla con Agustí. Si lo pensaba bien, él nunca me había dicho que no iba a haber dopaje en su equipo. Me había prometido que no habría dopaje en el año amateur y me había avisado de que ya habría tiempo para pulirme más adelante. Esas primeras pastillas debían formar parte del proceso.

Con esos pensamientos en la cabeza, llegué a las cinco de la tarde al hotel de cinco estrellas del Magic Resort, el lugar donde celebrábamos la concentración invernal. Ya era casi de noche y lo cierto es que me quedé sin palabras al acercarme al hotel. La puerta estaba llena de coches e incluso había una furgoneta de la televisión autonómica. En ese momento comprendí mi error. Me metí para dentro a la máxima velocidad posible, pero llegaba tarde. La recepción estaba llena de periodistas y mis compañeros de equipo estaban perfectamente uniformados y atendiendo a la prensa. Miguel y Clara Pellicer también estaban en ese mismo lugar, saludando a diestro y siniestro. El primero que vino a por mí fue Bernat Agustí y no hizo falta que empezara a hablar para intuir su enfado.

-¿Pero dónde cojones te has metido? Llevamos una hora llamándote al móvil. Hoy es la tarde de medios y nadie podía salir a entrenar. Debías estar aquí para atender a los periodistas –el tono de voz era bajo para que nadie más lo escuchara, pero la bronca era todo menos baja.

De repente, un periodista se coló en nuestra charla. Era Ramón Aznar y ejercía siempre de decano de la prensa deportiva castellonense. Me conocía desde mi primera carrera en la categoría juvenil y en sus crónicas siempre mostraba un especial cariño hacía mí. Ramón había visto lo que estaba ocurriendo y había decidido salir al rescate con la autoridad de sus canas.

-No te preocupes, Bernat. Para uno que tienes que quiere entrenar como un campeón, no le pegues la bronca.

-No es eso, Ramón. Aquí hay unas normas que cumplir y valen para los veteranos, pero también para los jóvenes.

-Eso está claro, Bernat. La disciplina es lo primero. Pero aquí tienes periodistas de Madrid y esos solo quieren hablar con Miguel, contigo o con alguno de los capos del equipo. Las entrevistas con Lucas son cosa mía y de los dos o tres periodistas de Castellón y nosotros sabemos que él nos atiende siempre que le llamamos y con exquisita educación, así que no seas muy duro con el juvenil. Deja que se duche y en diez minutos lo tenemos aquí –dijo Ramón mientras me guiñaba un ojo.

Intenté sonreír para devolver el capotazo que Ramón me acababa de dar. Estaba ejerciendo de abogado defensor con ímpetu. Pero Bernat no estaba para bromas y no se daba por vencido.

-Sube a la habitación, te duchas y en diez minutos te quiero aquí. Ya hablaremos luego.

Bernat Agustí estaba nervioso por mi retraso de unos minutos en el acto de presentación a los medios. Yo estaba nervioso porque el futuro que veía ante mí… era una pesadilla.»

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