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Triple corona del ciclismo: por qué ganar las tres grandes es tan difícil

El sábado, a poco más de treinta kilómetros de la meta de Xeraco, la Vuelta a España se quedó sin su gran atracción. Tadej Pogačar tocó una piedra en el arcén, perdió el control de su bicicleta y se fue al asfalto. Se levantó, intentó volver a subirse y no pudo: conmoción cerebral, clavícula rota y una fractura cervical. Ambulancia, hospital en Valencia y adiós. Llevaba tres etapas ganadas y mucha ventaja sobre Enric Mas. Iba, en la práctica, camino de completar lo que le faltaba.

Y ahí está lo interesante. Porque la triple corona del ciclismo no se le escapó por falta de piernas, ni por un rival mejor, ni por un día malo en la montaña. Se le escapó por una piedra. En esta casa llevamos años vendiendo (y leyendo, y editando) libros sobre las tres grandes, y si algo enseñan es precisamente eso: que ganar Giro, Tour y Vuelta a lo largo de una carrera tiene tanto de fisiología como de no cruzarte con la piedra equivocada.

Por si al esloveno le faltaba algo que digerir en la cama del hospital, hay un detalle que lo redondea: la puerta de ese club se abrió por última vez hace tres meses, y no la cruzó él. La cruzó Jonas Vingegaard.

Dos triples coronas, y las dos son casi imposibles

Conviene aclarar el lío, porque el término se usa para dos cosas distintas y no siempre queda claro cuál toca.

La primera, la que los puristas llaman la verdadera, consiste en ganar el Giro, el Tour y el Campeonato del Mundo en la misma temporada. Solo la tienen tres corredores: Eddy Merckx en 1974, Stephen Roche en 1987 y el propio Pogačar en 2024. Esa ya la tiene, y por eso lo de la Vuelta era otra cosa.

La segunda acepción, la más popular hoy, es ganar las tres grandes vueltas a lo largo de la carrera profesional. Sin prisa, sin que tengan que ser el mismo año. Suena más asequible. No lo es: en más de noventa años de historia lo han logrado ocho corredores. Ocho. Es menos gente de la que ha pisado la Luna.

El club de las tres grandes: ocho nombres en noventa años

La lista, por orden de llegada: Jacques Anquetil, Felice Gimondi, Eddy Merckx, Bernard Hinault, Alberto Contador, Vincenzo Nibali, Chris Froome y, desde el 31 de mayo de este año, Jonas Vingegaard. Fíjate en las fechas y verás el detalle que lo explica casi todo: cinco de los ocho son de una época en la que los grandes corrían las tres grandes porque tocaba, no porque hubiera un plan de picos de forma. Cuanto más se ha profesionalizado el calendario, más raro se ha vuelto el hito.

Vingegaard, el octavo (y el que llegó primero)

El danés cerró el círculo en Roma, con el Giro de Italia de este año, y lo hizo sin discusión posible: cinco etapas ganadas y más de cinco minutos sobre Felix Gall y Jai Hindley en el podio. Le faltaba precisamente la maglia rosa, porque el Tour ya lo tenía por partida doble (2022 y 2023) y la Vuelta la había conquistado en 2025, coronando la Bola del Mundo y convirtiéndose en el primer danés que ganaba la ronda española.

Lo llamativo es el orden de los factores. Durante años dimos por hecho que el primero en cerrar el club de los ocho sería Pogačar, que llevaba Giro y Tour desde 2024 y solo tenía que pasarse por España cuando le viniera bien. Vingegaard, que llevaba media carrera peleando de tú a tú con él y saliendo casi siempre segundo, se le adelantó por la vía menos espectacular: fue a por lo que le faltaba en cuanto pudo, y no falló. En un deporte donde todo el mundo planifica a tres años vista, ganó el que no dio nada por hecho.

Los que abrieron el camino

Antes de Vingegaard hubo siete, y tres de ellos son la columna vertebral de cualquier estantería de biografías de  ciclismo que se precie.

Merckx. Inaccesible

Actualidad Ciclismo profesional  merckx-inaccesible Triple corona del ciclismo: por qué ganar las tres grandes es tan difícil Merckx ganó cinco Tours, cinco Giros y una Vuelta, esta última en su único intento, en 1973. Ese dato resume al personaje mejor que cualquier adjetivo: iba, ganaba y no volvía. Este libro no es una hagiografía al uso, sino un retrato del hombre que convirtió el ciclismo en una cuestión de aritmética imposible para los demás. Si quieres entender por qué medio siglo después seguimos midiendo a todos contra él, empieza por aquí.

Hinault. El Tejón

Actualidad Ciclismo profesional  hinault-el-tejon Triple corona del ciclismo: por qué ganar las tres grandes es tan difícil El Tejón es, junto a Contador, el único que ha ganado cada una de las tres al menos dos veces: cinco Tours, tres Giros y dos Vueltas. Y es también el mejor ejemplo del otro factor, el de la fragilidad: en 1980 abandonó el Tour siendo líder por una tendinitis en la rodilla y semanas después se proclamaba campeón del mundo. Un cuerpo que se rompe y se recompone, contado con la mala leche que el personaje merece.

La soledad de Anquetil

Actualidad Ciclismo profesional  la-soledad-de-anquetil Triple corona del ciclismo: por qué ganar las tres grandes es tan difícil El primero de todos, el que abrió el camino en 1963 con aquella Vuelta que corría casi como entrenamiento para el Tour. Anquetil es el ciclista más incomprendido de su generación: ganaba por cálculo, no por épica, y eso el público se lo perdonó tarde y mal. Un libro sobre la soledad del que gana sin caer bien, que es una forma muy particular de sufrimiento.

La Vuelta, el juez más caprichoso

Hay un motivo por el que la Vuelta a España aparece tantas veces como la pieza que falta. Durante décadas fue la carrera incómoda del calendario: primero en primavera, pegada al Giro, y desde 1995 en agosto y septiembre, cuando muchos ciclistas llegan quemados del Tour o directamente no llegan. Se ha comido las resacas ajenas y ha repartido más sorpresas que ninguna. Vingegaard vino a resolverlo con paciencia, en 2025. Pogačar quiso hacerlo este año y ya hemos visto cómo acabó.

¡Viva la Vuelta! 1935-2017

Actualidad Ciclismo profesional  viva-la-vuelta-1935-2012 Triple corona del ciclismo: por qué ganar las tres grandes es tan difícil La obra de referencia sobre la ronda española, edición a edición, desde 1935 hasta 2017. No es un libro para leer del tirón, sino para tenerlo a mano y consultarlo cada vez que alguien suelta un dato en la sobremesa. Cuando quieras saber cómo se resolvió aquella Vuelta que recuerdas a medias, está aquí.

Gustaaf Deloor, de la Vuelta a la luna

Actualidad Ciclismo profesional  gustaaf-deloor-de-la-vuelta-a-la-luna Triple corona del ciclismo: por qué ganar las tres grandes es tan difícil La primera Vuelta, la de 1935, la ganó un belga de veintitrés años que casi nadie recordaba hasta que se escribió este libro. Deloor ganó las dos primeras ediciones y luego la historia se lo tragó. Es, además, el mejor recordatorio de que la Vuelta nació como una aventura improvisada, no como el monumento que es hoy.

Crónicas sobre ruedas: La Vuelta a España

Actualidad Ciclismo profesional  cronicas-sobre-ruedas-la-vuelta-a-espana Triple corona del ciclismo: por qué ganar las tres grandes es tan difícil Crónica moderna de la ronda española: las etapas, los personajes y las decisiones que se toman a rueda, contadas con oficio periodístico. Es el complemento natural del anterior, la parte que se lee mientras se ve la carrera y no después.

Lo que queda de Vuelta (que es mucho)

Conviene no perder de vista lo evidente: la carrera sigue, y ahora está más abierta que el sábado por la mañana. Enric Mas heredó el maillot rojo en Xeraco y el domingo lo ratificó de la mejor manera posible, ganando en el Alto de Aitana por delante de Oscar Onley y de Primoz Roglic. Un líder español que gana en la primera cima grande y una general apretada: la Vuelta lleva décadas haciendo exactamente esto en cuanto le quitas de encima al dominador de turno.

Hoy es jornada de descanso. Buen momento para recordar que a esta carrera se le presuponía un guion escrito y ha terminado escribiendo otro en veinte minutos de descenso.

Eso no estaba en mi libro de historia del ciclismo

Actualidad Ciclismo profesional  eso-no-estaba-en-mi-libro-de-historia-del-ciclismo Triple corona del ciclismo: por qué ganar las tres grandes es tan difícil Para los días de descanso y para las etapas de transición, este es nuestro comodín: historias que no salen en los palmarés, decisiones absurdas, reglamentos imposibles y personajes que merecerían una película. Se lee a saltos, capítulo por etapa, y funciona igual de bien para el aficionado veterano que para el que se acaba de enganchar este agosto.

Si quieres seguir tirando del hilo, tenemos toda la sección de libros sobre la Vuelta a España y una buena estantería de biografías de ciclistas donde están casi todos los nombres de este artículo. Y si prefieres cotillear con calma, el catálogo entero está en Libros de Ruta, con envío en 24 horas para que te llegue antes de que la Vuelta se meta en la tercera semana.

¿París-Niza o Tirreno Adriático? Un repaso literario a las dos vueltas míticas de inicio de temporada

Ciclismo profesional Libros de Ruta Merckx Nuestros libros  ParisNice_TirrenoAdriatico_modified-300x96 ¿París-Niza o Tirreno Adriático? Un repaso literario a las dos vueltas míticas de inicio de temporada Esta semana arranca un doble espectáculo ciclista que para muchos aficionados y corredores marca el verdadero inicio del calendario de competición en Europa: la París-Niza y la Tirreno-Adriático. Dos pruebas de una tradición enorme, con recorridos y atmósferas propias, que se celebran casi en paralelo y ofrecen, para quien las siga con atención, una radiografía de cómo llega el pelotón a este primer gran bloque de la temporada. Por un lado, la llamada “Carrera del Sol”, con su llegada inconfundible a la Costa Azul, y por otro, la prueba italiana que parte del Mar Tirreno y culmina en el Mar Adriático. Hoy queremos reflexionar sobre estas dos carreras y la importancia que adquieren en el calendario ciclista. Y, para hacerlo, nos apoyamos en tres libros que editamos y en los que estas pruebas tienen bastante protagonismo: “El ciclista secreto”, “Thomas Dekker. Mi lucha” y “Merckx. Mitad hombre, mitad máquina”.

La Carrera del Sol, según El ciclista secreto

Si hablamos de la París-Niza, no podemos eludir su fama de dura y cambiante. A menudo se la asocia con imágenes de ciclistas empapados y helados, luchando contra un viento desapacible. En El ciclista secreto (una obra que ofrece una perspectiva abierta y muy personal sobre el día a día del profesionalismo), aparece una descripción contundente:

«Para los corredores de las grandes vueltas, marzo es sinónimo de París-Niza. Es una mierda de carrera, pero no por culpa de los organizadores. Hay mucha presión en el grupo porque todo el mundo está fresco y busca obtener resultados. Ganar o acabar entre los primeros en la general tan pronto en la temporada quita mucha presión a un corredor de cara al año siguiente y, tras pasarse el invierno entrenando, todos piensan que son el nuevo Eddy Merckx. Les hacen falta varios meses para darse cuenta de que siguen siendo los mismos que en octubre, no es que Papá Noel haya venido y les haya convertido en campeones. Todos creen que pueden ganar cada esprint y cada etapa de montaña, lo que se traduce en caídas y tensión en el pelotón. El tiempo tampoco facilita las cosas: la llaman la «carrera del sol», pero el tiempo suele ser horrible. La Tirreno-Adriático suele celebrarse en la misma época y, si yo pudiera elegir, preferiría participar en esta. Siempre es divertido correr en Italia: buena comida, buen café y la afición es magnífica».

Ese contraste entre la romántica denominación “Carrera del Sol” y la crudeza meteorológica es, seguramente, el rasgo más característico de la prueba francesa en su arranque. A muchos corredores les motiva la idea de rodar rápidamente rumbo al Mediterráneo, de sacudirse el óxido del invierno, de pelear en etapas cortas pero intensas. Pero esa presión por destacar tan pronto puede ser un arma de doble filo. En ese mismo libro encontramos también uno de los testimonios más duros y, a la vez, cotidianos de lo que puede suponer la París-Niza para un ciclista: llegar frío, calado hasta los huesos, extenuado, y encima extraviarse en busca del hotel, sin apoyo inmediato del equipo:

«Uno de los peores días de mi carrera fue en la París-Niza. Era una etapa muy larga, hacía mal tiempo y al final nos quedamos tan descolgados que llegamos a veinte minutos de los líderes, rodando con un viento de cara terrible. En la meta, el equipo me dijo que el hotel estaba a cuatro o cinco kilómetros y que llegaría antes si iba en bici, porque había mucho tráfico. Me pareció bien, pero lo único que me dijeron fue que era un hotel de la cadena Mercure. Comencé a seguir las señales del hotel y cuando llegué al que creía que era mi destino, vi que había otro equipo allí, no el mío. Uno de sus mecánicos me dijo que había dos hoteles Mercure en la ciudad y que mi equipo estaba en el otro, a cinco kilómetros. Llegué de noche y totalmente empapado. Era a principios de marzo, por lo que también hacía frío, y tras seis o siete horas en mi bici estaba totalmente agotado y cabreado. Estaba furioso con el auxiliar que se había olvidado de darme las señas, pero cuando vi que había comida, se me olvidó por completo el motivo de mi enfado».

Este fragmento, además de su anécdota casi tragicómica, subraya la realidad diaria del ciclista: tras la épica de la televisión, hay una logística a veces descuidada, un cansancio que puede volverse feroz si se suma el infortunio, y una relación amor-odio con la propia prueba. No es extraño que algunos ciclistas hayan considerado la París-Niza como un examen obligatorio, pero ingrato.

La Tirreno como alternativa «divertida»

Lo dice «el ciclista secreto»: “Si yo pudiera elegir, preferiría participar en esta. Siempre es divertido correr en Italia: buena comida, buen café y la afición es magnífica”. La Tirreno, efectivamente, compite en fechas e incluso en prestigio con la París-Niza. A menudo se ha dicho que la carrera italiana tiende a ser más benévola, aunque la realidad es que la meteorología y los recorridos también pueden hacerse inclementes. Aun así, ese plus de cultura gastronómica, la cercanía de los tifosi y la atmósfera del ciclismo italiano ejercen su encanto. Un corredor que la vivió de manera muy intensa y la ganó, Thomas Dekker, cuenta su experiencia en Thomas Dekker, Mi Lucha. Es un relato agridulce, pues combina la alegría de la victoria con la sombra de ciertas prácticas de dopaje que él mismo detalla en su libro. En cualquier caso, el pasaje nos muestra la sensación de poder y protección que puede sentir un corredor cuando está en plenitud de forma y el equipo le respalda:

«—Calma, calma.

La Tirreno empieza un miércoles. La mañana de la primera etapa hay un control de la UCI. Me miden el hematocrito, que da un valor de 44,5. Eso significa que no tengo problemas: siempre tengo un valor parecido a ese. Durante la competición, en cada subida, siento que voy sobrado. Sobrevivo las primeras etapas fácilmente. En el equipo se dan cuenta de que voy bien; ciclistas como Michael Boogerd, Óscar Freire, Juan Antonio Flecha y Marc Wauters me protegen del viento. En una etapa con viento fuerte y lluvia, Wauters se queda todo el día a mi lado —incluso cuando me paro a hacer pis—. Me acerca mi chubasquero, me ayuda a ponérmelo cuando ve que me estoy enredando con las mangas, me lleva hasta el pelotón. Me gusta ver que un ciclista como Wauters se sacrifica por mí. Me siento imbatible. Y no, no me siento culpable. Me engaño a mí mismo, pensando que no estoy haciendo nada desleal. Que los demás también lo hacen. Me convenzo a mí mismo de que solo he hecho lo que tenía que hacer para poder estar a la altura de los grandes, ni más ni menos.

Hay una contrarreloj a dos días del final. Todavía quedan trece corredores que pueden llevarse la victoria, y yo soy uno de ellos. En la contrarreloj derroto a todos mis contrincantes para la clasificación final. Quedo tercero, por detrás de Fabian Cancellara y Leif Hoste, pero me hago con el maillot de líder. Los dos últimos días de carrera, mis compañeros de equipo se desviven por llevarme con toda seguridad hasta la meta. Nos atacan hasta el último momento, pero nadie tiene éxito con las escapadas. En San Benedetto del Tronto, donde se encuentra la llegada de la última etapa, paso la meta con los brazos en alto. He ganado la Tirreno, por delante de Jorg Jaksche y Alessandro Ballan. Jaksche me contaría después que se había metido en el cuerpo dos bolsas de sangre que se había hecho sacar en invierno.

Tengo que ir al podio, a la conferencia de prensa. Tengo que dar la mano a los alcaldes, a los patrocinadores. Mi teléfono no deja de sonar. Me llaman los periodistas, mi familia, mis amigos. Por la noche, durante la cena con el equipo, se descorcha botella de champán tras botella de champán».

Estas líneas son, como decíamos, una mezcla de entusiasmo y cierto desencanto. Se ve la euforia de ganar una carrera tan importante en el inicio de temporada (con rivales de renombre como Fabian Cancellara o Alessandro Ballan), pero también aparecen realidades mucho menos idílicas del ciclismo de esa época. Sea como sea, confirman la relevancia de la Tirreno-Adriático: no es un simple test primaveral, sino una competición que puede catapultar a un corredor a un estatus de “favorito” de cara a las siguientes clásicas y grandes vueltas.

Una perspectiva histórica. Merckx y la París-Niza

Si hay un nombre que asoma casi inevitablemente cuando se habla de ganar desde el primer momento, ese es Eddy Merckx, prototipo de ciclista total. Merckx, en efecto, dominó buena parte de las carreras en las que participó, y la París-Niza no fue la excepción. En Merckx. Mitad hombre, mitad máquina, encontramos referencias concretas:

«En marzo de 1966 disputó la París-Niza, su primera gran carrera por etapas del año, primera en su carrera profesional. De hecho, no dejaba de ser la segunda carrera por etapas que corría en su vida, dado que en 1965 también había evitado las carreras multietapa. No estaba demasiado convencido de participar ya que acababa de terminar los Seis Días de Amberes. Su objetivo inicial no era sino correr de manera conservadora y conocer a sus compañeros de equipo. Desde el principio las señales le indicaron que tendría que luchar por su puesto: hacia el final de la primera etapa, con meta en Auxerre, salió en persecución de una escapada de tres hombres en la que estaba el líder de su equipo, Roger Pingeon, junto a Michele Dancelli y Adriano Durante. Estando a punto de contactar, Pingeon decidió no aflojar el ritmo, entorpeciendo así que su compañero se integrase en el grupo, lo que por otro lado habría igualado su desventaja frente a los italianos; por el contrario, tiró lo más fuerte que pudo. No es de extrañar que cuando por fin los atrapó, Merckx estuviera tan cansado que no pudiera más que terminar tercero.

Otra señal para el joven de veinte años llegaría en la etapa a Montceau-les-Mines. En esta terminó «el mejor entre los de atrás» dado que el cinco veces ganador del Tour, Anquetil, junto a nada más y nada menos que su gran rival Poulidor batallaron en la ascensión más dura de la carrera, la cota de cuatro kilómetros al veinte por ciento del Col d’Uchon. Merckx se hizo con el maillot blanco de líder, manteniéndolo durante una etapa; pero el momento clave llegó con la contrarreloj de Córcega, un poco más tarde. Atrapó y sobrepasó a Van Looy, quien había salido cinco minutos por delante. Ni tan siquiera lo miró mientras lo sobrepasaba. Tan solo era la segunda contrarreloj de su carrera, y la más larga. La victoria en la crono se la llevó el italiano Luciano Armani, mientras que Anquetil triunfaba en la general; pero ser cuarto tras el francés era todo un logro prometedor».

No se trataba solo de la dureza de la carrera en sí, sino de las rivalidades con nombres como Anquetil, Poulidor o Van Looy, que aportaban un componente épico a la competición. La progresión de Merckx en la París-Niza se puede seguir en la misma obra. Al año siguiente, 1967, dio un salto de calidad, pero también vivió momentos complicados en la defensa del liderato:

«El joven comenzó la temporada de 1967 ganando dos etapas en el Giro de Cerdeña, pero la primera gran carrera por etapas de la temporada, la París-Niza, fue otro momento de aprendizaje. Fue directo a «La Carrera hacia el Sol» desde Cerdeña, consiguió la segunda etapa -una victoria en solitario donde se mostró dominador por delante de todos los grandes nombres que lo perseguían- y se vistió el maillot de líder. Peugeot debería haberse limitado a defender el liderato, pero las cosas no fueron así. Dos días después, Tom Simpson atacó de manera repetida, se escapó junto a otros dieciséis ciclistas en la subida cercana a la salida de etapa en Saint- Etienne, el Col de la République; Merckx se descolgó y Anquetil, sobre todo, no mostró interés alguno en cazar. Simpson aprovechó su oportunidad, y seguramente no sea una coincidencia que Van Looy también formara parte del movimiento, combinándose con el compañero de Merckx para fastidio del advenedizo joven. Los grandes campeones se guardaban las espaldas.

Con un fuerte viento del noroeste a su favor, Van Looy, Simpson y compañía sacaron veinte minutos de ventaja al resto, mientras el Emperador lograba la etapa y Simpson el liderato. Este ataque del británico mientras Peugeot ostentaba el liderato de la carrera causó una gran controversia. Simpson se defendió diciendo que había avisado a Merckx de lo peligroso que sería que se abriera un hueco durante la ascensión, pero como Merckx no se había metido en el movimiento consideró que al menos debería haber un Peugeot en él.

J.B. Wadley estaba cubriendo la carrera para Sporting Cyclist. Su descripción de la victoria de Simpson no menciona el hecho de que Merckx estaba furioso con este, y queda claro que el británico -pese al gran bochorno de ir contra un compañero- sentía que no le quedaba otra más que mirar por sus propios intereses. Simpson era tan competitivo como Merckx, y necesitaba desesperadamente victorias tras un 1966 desastroso».

Con estas pinceladas, se aprecia cómo la París-Niza desempeñó un papel crucial en el palmarés de Merckx y en su consolidación como figura dominante. A menudo, cuando lograba ganar la “Carrera del Sol”, anunciaba una temporada pletórica.

Hoy, tantos años después, París-Niza y Tirreno-Adriático siguen despertando un gran interés. Ambas carreras se desarrollan cuando muchos nombres importantes del pelotón ya han debutado, pero aún no han mostrado todo su potencial. Quien brilla aquí se gana el derecho a soñar con las clásicas de primavera y con las grandes vueltas.

Eddy Merckx: el Caníbal del ciclismo

En el vasto mundo del ciclismo, hay nombres que resuenan con un eco especial, dejando una huella imborrable en la historia de este deporte apasionante. Uno de esos nombres es el de Eddy Merckx, un ciclista belga cuyo legado sigue reverberando décadas después de que dejara su última huella en el pelotón. En este artículo, nos sumergiremos en la vida y carrera de Eddy Merckx, explorando quién era este legendario corredor y cómo su presencia marcó una era dorada en el ciclismo.

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Eddy Merckx en los Campeonatos del Mundo de 1968 en Imola. (Foto de Rolls Press/Popperfoto/Getty Images)

Los primeros kilómetros de Eddy Merckx: el nacimiento de una leyenda

Eddy Merckx nació el 17 de junio de 1945, en Meensel-Kiezegem, una pequeña localidad de Bélgica. Desde temprana edad, mostró una inclinación hacia las bicicletas, una pasión que pronto se convertiría en su destino. A medida que crecía, sus habilidades sobre dos ruedas se volvían más evidentes, y a los 16 años, ya estaba compitiendo en el mundo del ciclismo amateur.

Su ascenso meteórico en el ciclismo profesional comenzó en la década de 1960, y rápidamente se ganó el apodo de «el Caníbal». Este apodo no solo reflejaba su apetito voraz por la victoria, sino también su capacidad para devorar competiciones enteras, dominando en todos los terrenos y escenarios.

El dominio de Eddy Merckx en el pelotón

Eddy Merckx no solo fue un ciclista talentoso, sino un verdadero tirano en las carreteras. Su carrera estuvo plagada de triunfos asombrosos, abarcando todas las grandes carreras y clásicas que el mundo del ciclismo tiene para ofrecer. Desde la París-Roubaix hasta la Milán-San Remo, pasando por la Vuelta a España y el Giro de Italia, Merckx escribió su nombre en los anales de la historia ciclista con letras de oro. Como grandes hitos quedan las cinco victorias de Eddy Merckx en el Tour de Francia y en el Giro de Italia.

El precio del éxito: controversias y desafíos

Sin embargo, el camino hacia la grandeza no estuvo exento de desafíos y controversias. Merckx fue un competidor feroz, a veces polémico en su búsqueda de la victoria. Su ética de trabajo y dedicación incansable se vieron reflejadas en su obsesión por ganar, lo que generó tensiones y rivalidades en el pelotón.

Además, su carrera se vio empañada por incidentes de dopaje, que llevaron a suspensiones temporales y generaron debates sobre la integridad del ciclismo profesional en la época. Estos aspectos oscuros de su carrera no pueden ignorarse al examinar su legado, pero también sirven como recordatorio de los desafíos y dilemas éticos que enfrentan los atletas en la búsqueda de la grandeza.

El retiro y el legado duradero

En 1978, Eddy Merckx se despidió oficialmente del ciclismo profesional. Su retirada dejó un vacío en el pelotón que sería difícil de llenar. Sin embargo, su influencia no se desvaneció con su retirada; al contrario, su legado sigue vivo en el ciclismo moderno.

Merckx ha dejado una marca no solo como corredor, sino también como embajador del deporte. Después de su retirada, ha continuado siendo una figura influyente en el ciclismo, participando en diversas actividades y eventos relacionados con este deporte. Su contribución a la promoción y el desarrollo del ciclismo es innegable, y su impacto perdura en la cultura ciclista.

Bibliografía recomendada sobre Eddy Merckx

  1. «Merckx. Mitad hombre, mitad máquina» de William Fotheringham: habló con coetáneos de Merckx y aquellas personas que mejor le conocen para descubrir qué es lo que hizo que fuera invencible.
  2. «Eddy Merckx: The Cannibal» de Daniel Friebe: Este libro ofrece una visión detallada de la vida y la carrera de Merckx, explorando su impacto en el ciclismo y su legado perdurable.
  3. «Eddy Merckx. Colección mitos de ciclismo» de Javier Bodegas: Pequeña y amena obra que incluye multitud de anécdotas y una colección de magníficas postales.
  4. «Merckx 525» de Frederik Backelandt: Una obra que celebra los 525 éxitos profesionales de Merckx, esta biografía proporciona una visión completa de su carrera y su influencia en el mundo del ciclismo.
  5. «Eddy Merckx: The Greatest Cyclist of the 20th Century» de Rik Vanwalleghem: Este libro examina a fondo la carrera de Merckx, destacando sus triunfos y las circunstancias que rodearon su época dorada en el ciclismo.

Conclusiones: el legado eterno de Eddy Merckx

En resumen, Eddy Merckx no solo fue un ciclista excepcional, sino una fuerza de la naturaleza en el mundo del deporte. Su enfoque implacable hacia la victoria y su habilidad para superar desafíos lo convierten en una figura única en la historia del ciclismo. A pesar de las controversias que marcaron su carrera, su legado perdura como un recordatorio de la intensidad y la pasión que impulsa a los verdaderos campeones. En el mundo de las bicicletas, el nombre de Eddy Merckx resuena como un eco eterno, recordándonos la grandeza que puede alcanzarse sobre dos ruedas.