Poggio como símbolo de la Milán-San Remo
La Milán-San Remo, también conocida como la Classicissima, es una de las carreras más emblemáticas del calendario ciclista, un verdadero hito que marca el inicio de la temporada de grandes clásicas. Desde su primera edición en 1907, este recorrido de cerca de 300 kilómetros ha supuesto un desafío de resistencia y potencia para los mejores corredores del mundo. Con el paso de las décadas, sin embargo, la carrera fue evolucionando para adaptarse a las nuevas dinámicas de la competición y a la búsqueda de un espectáculo aún mayor para el público.
Para finales de los años cincuenta, la Milán-San Remo estaba muy asociada a las llegadas masivas, en las que los grandes esprínteres encontraban el terreno ideal para lucirse. El trazado original permitía que el pelotón se mantuviera unido a lo largo de la Riviera italiana, pese a la presencia de algunas cotas (conocidas como capi), que sin embargo no bastaban para descolgar a los velocistas más fuertes. Este patrón de carrera comenzó a repetirse una y otra vez. Pero cuando en 1958 el belga Rik Van Looy consiguió imponerse en un pelotón de casi 70 corredores, con el español Miguel Poblet en segunda posición y con 60 corredores ex aequo en 10ª posición, que los jueces fueron incapaces de identificarlos con la tecnología de entonces, y al año siguinete se repetió esprint masivo con victoria de Miguel Poblet, los organizadores comprendieron que la Milán-San Remo corría el riesgo de convertirse en una prueba predecible, carente de la incertidumbre que define a los grandes monumentos ciclistas.
Fue en ese contexto que el organizador Vincenzo Torriani planteó un giro de guion: añadir una subida más en la parte final del recorrido que, sin ser especialmente larga ni empinada, pusiera en aprietos a los hombres rápidos cuando las piernas ya sumaban más de 280 kilómetros. El lugar elegido fue el Poggio, una cota baja que domina la localidad costera de San Remo. Se trataba de una modificación aparentemente pequeña, pero que tendría un enorme impacto táctico y psicológico en la carrera. Gracias a esa última dificultad, la Milán-San Remo pasaría a concebirse como mucho más que un mero esprint primaveral.
La primera vez que se subió el Poggio marcó un antes y un después. Aquel cambio buscaba agitar la carrera y favorecer a los rodadores con un punto de potencia extra en la subida, reduciendo de paso las probabilidades de una llegada masiva. Como se describe en el libro MONUMENTOS de Peter Cossins:
«El cambio se hizo más evidente cuando Rik Van Looy lideró un esprint masivo de 69 ciclistas en 1958, con una velocidad récord de 42,179 km/h. Después de que Poblet lograra una segunda victoria encabezando otra llegada masiva en 1959, Vincenzo Torriani y su equipo organizador introdujeron el primer gran cambio en el trazado de la prueba desde su concepción en 1907».
Torriani, quien ya había estado detrás de transformaciones significativas en otras carreras, veía en la Milán-San Remo un diamante en bruto que requería de un pulido más arriesgado. Consciente de que la “Classicissima” es la prueba de un día más larga del calendario, no dudó en apostar por la introducción de un breve ascenso que, en términos de altimetría, parecía inofensivo, pero que, a esas alturas de la temporada y tras horas de esfuerzo ininterrumpido, se convertía en un verdadero muro para algunos corredores. Así, se escogió la colina denominada Poggio, cuya palabra en italiano significa literalmente ‘montañita’ o ‘colina suave’, un nombre que en un principio podría inspirar poca intimidación, pero que en la práctica se convertiría en el juez de la carrera.
El Poggio se encontraba apenas a unos pocos kilómetros de la meta, cercano al mar, y con la nueva incorporación al trazado los corredores se verían obligados a afrontar siete curvas de herradura entre casas elegantes, con un desnivel moderado que rozaba el cuatro por ciento en la mayoría de tramos. A simple vista, el ascenso no parecía digno de mención. Sin embargo, Torriani tenía claro que, tras una kilometrada inusual para una clásica, la simple visión de este obstáculo final bastaría para romper el pelotón y descolgar a los velocistas más puros, especialmente si otros corredores con mayor punch decidían atacar con decisión.
El momento en que se estrenó el Poggio siguió transmitiendo la idea de que la Milán-San Remo era terreno para los velocistas, pero también mostró que, con un ataque en el momento justo, las cosas podían cambiar radicalmente. Aunque la mayoría de corredores tardaría algún tiempo en interiorizar por completo el potencial de esta subida, algunos ya vislumbraron que esa cota podía significar la diferencia entre llegar en solitario o jugárselo todo al esprint.
«Por sí mismo el Poggio (montañita) no entraña gran dificultad. El nombre viene del pueblo que se sitúa a tres kilómetros subiendo la Via Duca d’Aosta y que domina San Remo. De la carretera principal de la costa parte un ramal hacia la derecha, la Via Aurelia, donde los ciclistas llegan a gran velocidad. Asciende durante siete curvas de herradura y 23 giros entre lujosas edificaciones, algún que otro campo de olivos y viñedos, y docenas de grandes invernaderos, coronando a 162 metros de altura. Quitando un breve tramo al ocho por ciento, su desnivel se mantiene alrededor del tres o cuatro por ciento. Desde luego, una ascensión que no asombró a Jacques Anquetil cuando este reconoció el trazado en 1960, describiéndola en L’Équipe como “insuficiente, si se quiere provocar una gran selección”».
Las palabras de Jacques Anquetil, uno de los grandes campeones de la historia del ciclismo, dejaban claro que el Poggio no era un puerto en el sentido estricto de la palabra. En comparación con las grandes montañas de los Alpes o los Dolomitas, su pendiente parecía más un terreno de entrenamiento que un desnivel rompepiernas. Sin embargo, como bien anticipaba el propio Vincenzo Torriani, el factor clave radicaba en la fatiga acumulada.
La particularidad de la Milán-San Remo se sustenta, precisamente, en la conjunción de un kilometraje excepcional y un final explosivo. Cuando el Poggio hizo su primera aparición, ya se habían recorrido casi 280 kilómetros. En esas circunstancias, un desnivel del tres o cuatro por ciento podía sentirse como una pared muy pronunciada, especialmente si los ataques se sucedían antes en algunos de los capi tradicionales: Capo Mele, Capo Cervo y Capo Berta.
En la preparación de ese nuevo final, había otro componente esencial: el descenso. Una vez coronado el Poggio, los corredores se precipitaban en un descenso técnico, con curvas cerradas que requerían una gran habilidad para trazar. Después de tanto tiempo en el sillín, equilibrar la agresividad con la pericia al bajar se convertía en un reto adicional. Un mal giro podía hacer perder segundos determinantes y echar por tierra la posibilidad de disputar la victoria. Esta combinación de subida y bajada, con el sprint final a menos de dos kilómetros tras salir del Poggio, añadía la chispa de emoción que Torriani ansiaba.
«Pero Torriani insistía en que, tras 280 km, su impacto sería significativo y evitaría que los esprínteres prolongaran su dominio. “Esta dificultad final permitirá que los mejores sobre el Capo Berta mantengan su ventaja, incluso la aumenten. Los que estén ya cansados cuando la carrera se mueva antes de los capi se vendrán del todo abajo durante el Poggio, desde donde el descenso se extiende hasta 1100 metros de la meta”, afirmó antes de que la carrera comenzara».
Tal como se refleja en este testimonio directo, la introducción del Poggio respondía a la preocupación de equilibrar un recorrido que hasta entonces había favorecido sistemáticamente las llegadas masivas. El propio Torriani confiaba en que la selección se produjera antes de llegar al Poggio, en Capo Berta o incluso en los capi previos, de modo que el grupo que afrontara la última cota fuera reducido, o al menos lo bastante selecto como para romper cualquier esprint cantado. El director de la carrera imaginaba duelos emocionantes, en los que escaladores y clasicómanos con buen final pudieran poner contra las cuerdas a los velocistas puros.
Esta visión acabaría consolidándose con el paso de los años: ciclistas como Eddy Merckx, Giuseppe Saronni o Sean Kelly encontraron en el Poggio el lugar perfecto para lanzar su ataque. O bien, si la suerte no acompañaba, se limitaban a evitar que sus rivales de fuerza similar se escaparan, sabiendo que el descenso terminaría por reunirlos cerca de la meta, pero con las piernas tan exigidas que la balanza podía inclinarse a favor de cualquier corredor intrépido.
Los primeros efectos en la carrera
Aunque no supuso un corte inmediato y rotundo en todas las ediciones posteriores, la presencia del Poggio cambió la dinámica táctica de la Milán-San Remo. En lugar de esperar la llegada masiva, cada equipo se veía obligado a estudiar el estado de forma de sus corredores con lupa y trazar estrategias para conservar energías hasta el momento decisivo. Los gregarios adquirieron un papel más activo, controlando movimientos tempranos y abriendo huecos cuando la carretera se empinaba. Esto ofrecía la posibilidad de que ciclistas menos dotados para el esprint, pero con algo más de resistencia en la subida, pudieran soñar con una victoria de prestigio.
Los primeros años con el Poggio dejaron imágenes de corredores que, a escasos kilómetros de meta, lo daban todo en ataques continuos para evitar un esprint al que llegarían con menos opciones. Si bien no siempre lograban romper la armonía del pelotón, con el tiempo quedó claro que el Poggio era un componente imprescindible de la “Classicissima”. Al mezclar sus rampas moderadas con la enorme fatiga acumulada, se convirtió en un juez imprevisible. Algunos de los grandes campeones, como Eddy Merckx —que haría de la Milán-San Remo casi su coto privado—, encontrarían en ese final tenso la oportunidad de exprimir al máximo su motor.
Una tradición consolidada
Al concluir los años sesenta y entrar en los setenta, el Poggio y su descenso habían pasado a ser un icono más de la carrera, al nivel de los capi. El mero anuncio de que la decisión se tomaría en esa última cota, tras los kilómetros vertiginosos por la costa, bastaba para que la audiencia se lanzara a las carreteras en masa. El suspense estaba servido: ¿veríamos una nueva gesta en solitario? ¿Se produciría un ataque quirúrgico al coronar? ¿O el pelotón anularía cualquier aventura antes de la bajada?
Algunos esprínteres de la época, que hubieran preferido un trazado más llano, terminaron por aceptar el Poggio como el peaje ineludible para vestir la gloria en San Remo. Preparaban la carrera con mayor antelación, sabiendo que era vital llegar a la última ascensión con energías de sobra. Por su parte, los ciclistas más explosivos aprovecharon la tentadora invitación a asestar un golpe definitivo a pocos kilómetros de la meta.
Con los años, el Poggio se consolidó como uno de los puntos neurálgicos del ciclismo mundial. La mayoría de aficionados identifica, casi de inmediato, el nombre de esta subida corta pero llena de historia. Su presencia en la Milán-San Remo nos recuerda cómo un simple repecho, si se ubica en el momento oportuno, puede convertir una carrera monótona en un espectáculo único.
El legado del Poggio
Lo que comenzó como la búsqueda de un cambio sencillo para evitar que la carrera se resolviera en un esprint monótono, acabó por ser un referente en el ciclismo de un día. Desde la perspectiva organizativa, la inclusión del Poggio representa una lección valiosa sobre cómo un elemento moderado, bien planeado dentro de la ruta, puede transformar de raíz la personalidad de una prueba centenaria.
Para muchos ciclistas profesionales, la Milán-San Remo simboliza un examen de madurez a inicios de temporada. Subir el Poggio con el pelotón a mil revoluciones no solo demanda buenas piernas; también requiere un control mental enorme: no hay margen para fallar en la trazada, ni para descuidar la respiración, ni para un instante de relajación. El premio, por supuesto, es inmenso: quien gana en la Classicissima sabe que su nombre se asocia inmediatamente a la gloria de los grandes Monumentos.
Hoy en día, décadas después de la primera vez que se escaló el Poggio, nadie concibe la Milán-San Remo sin ese desenlace cargado de adrenalina. Pocos finales en el ciclismo despiertan tanta expectación como la combinación Poggio–descenso–esprint en la Via Roma. Aquella apuesta de Vincenzo Torriani, que según Jacques Anquetil podría no bastar para romper el pelotón, se convirtió, sin embargo, en la clave para romper la monotonía y seguir alimentando la leyenda de la carrera más larga de un día.



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